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    María Ángeles
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    Os proponemos la lectura de este poema de William Shakespeare donde, colocado por el autor en boca de Tomás Moro, se lamentaba, allá en el Renacimiento, de la actitud de la población inglesa ante la llegada de hugonotes que huían de la persecución que sufrían en Francia y hacía un alegato humanitario a favor de los refugiados. ¿Creéis que el poema es aplicable a la situación actual en Europa?

    Mirad, aquello que os ofende es lo que reclamáis,
    es decir, la paz. Ninguno de los presentes,
    si hubieran vivido hombres así cuando erais niños,
    que hubieran recortado la paz, como pretendéis vosotros ahora,
    la paz en la que habéis crecido hasta hoy,
    os hubiera sido arrebatada, y los tiempos sangrientos
    no os hubieran permitido convertiros en hombres,
    ay, pobres infelices, ¿qué es lo que habríais logrado,
    aunque os hubiésemos concedido aquello que buscabais?

    Conseguid que se los lleven, y conseguiréis que este clamor vuestro
    haya arrebatado toda la majestuosidad de Inglaterra;
    Imaginad que veis a los desdichados forasteros,
    con sus hijos a la espalda y su equipaje humilde,
    arrastrándose a los puertos y costas para ser deportados,
    y vosotros, sentados como reyes sobre vuestros deseos,
    la autoridad silenciada por vuestra trifulca,
    y vosotros, ataviados con vuestras opiniones,
    ¿qué habríais conseguido? Yo os lo diré. Habríais probado
    que la insolencia y la mano dura prevalecen,
    que el orden es reprimido; y en ese escenario,
    ninguno de vosotros llegaría a viejo,
    ya que otros rufianes, a su antojo,
    con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
    os depredarían, y los hombres, como peces voraces,
    se devorarían los unos a los otros.

    Permitidme plantear ante vosotros, amigos,
    un supuesto; y si lo tenéis en cuenta,
    entenderéis la horrible forma
    que ha adquirido vuestra innovación. Primero, es un pecado
    del que, a menudo, nos advirtió el apóstol,
    apremiándonos a obedecer la autoridad;
    Y no sería un error si os dijera a todos
    que os habéis levantado en armas contra el mismo Dios.

    Claro que lo habéis hecho;
    ya que Dios otorgó al rey su oficio
    de temor, de justicia, poder y mando,
    le ofreció el control, y quiso que vosotros obedecierais;
    y para añadir una mayor majestuosidad,
    no solo le entregó al rey su figura,
    su trono y espada, sino que también le dio su propio nombre,
    y le llama dios en la Tierra. ¿Qué hacéis, pues,
    rebelándoos contra aquel al que el mismo Dios ha elegido,
    sino rebelaros contra Dios? ¿Qué les hacéis a vuestras almas
    al hacer esto? ¡Oh, desesperados como estáis,
    lavad vuestras sucias mentes con lágrimas, y las mismas manos
    que, como rebeldes, levantáis contra la paz,
    levantadlas por la paz, y vuestras irreverentes rodillas,
    haced de ellas vuestros pies! Arrodillarse para ser perdonados
    es una guerra más segura que cualquiera que podáis librar,
    en la que la disciplina sea la revuelta.,
    ¡Ceded, ceded a la obediencia! Que ni siquiera vuestro levantamiento
    puede triunfar, sino con obediencia.
    Decidme solo esto. ¿Qué capitán rebelde,
    cuando se produce un motín, con su solo nombre
    podría calmar a la masa? ¿Quién obedecerá a un traidor?
    ¿O cómo puede sonar bien esa proclamación
    si no hay otro honor que un rebelde
    nombrando a un rebelde? Humillaréis a los forasteros,
    los mataréis, les cortaréis el cuello, os adueñaréis de sus casas,
    teniendo la grandeza de la ley bajo control,
    para desatarla como a un perro de caza. Digamos ahora que el rey,
    que es clemente si el delincuente se arrepiente,
    se quedara tan corto ante vuestra gran infracción
    como para desterraros solamente. ¿Adónde os marcharíais?
    ¿Qué país, dado vuestro error, os daría asilo? Marchaos a Francia
    o Flandes, a alguna provincia alemana, a España o Portugal,
    a cualquier parte que no esté en alianza con Inglaterra,
    donde no podréis ser sino extranjeros. ¿Os agradaría
    encontrar una nación con un temperamento tan bárbaro
    que, estallando con una violencia espantosa,
    no os proporcionase un hogar en sus dominios,
    afilase sus abominables cuchillos contra vuestras gargantas,
    os desdeñara como a perros, como si Dios
    no fuera vuestro dueño ni os hubiera creado, como si los elementos
    no fueran en absoluto apropiados para vuestro bienestar,
    sino un privilegio reservado a ellos? ¿Qué pensaríais
    si se os usara de esa manera? Este es el caso de los extranjeros
    y tal es vuestra monumental falta de humanidad.

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